Deberíamos iniciar por cuestionarnos sobre qué mal habrá causado la democracia en determinado momento a este país, donde la mayoría de sus hijos han salido con un espíritu tan malagradecido, tan ácido y árido, que se hace imposible cultivar sentimientos de bonhomía o decencia y donde la estratagema clientelista de desbancar al Estado ha sido la norma. Son, más bien, espíritus anodinos, secos de sentimientos puros e incapaces de manifestar algún gesto de real bondad, donde solo miran la forma de atracar el erario.

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