Como a las nueve de la mañana del martes 11 de septiembre de 2001, entré a la redacción de El Nacional y pasé saludando aquí y allá a los periodistas con los que me llevaba muy bien, pues ya tenía quince años como columnista, cruzando hasta el área de diagramación con mi columna en una memoria para el jueves. Había jolgorio ya que ese día se celebraba el 35 aniversario de la fundación del periódico, pero, además, se había captado una noticia en la televisión pequeña, ubicada en el mismo centro de la redacción, y casi todo el mundo suspendió sus tareas para ver la noticia, un avión se había estrellado en una de las torres gemelas de New York. A esa hora ya el periódico estaba concebido y las noticias que irían en primera página identificadas, algunos dijeron que era un accidente, aunque como quiera habría que cambiar la portada; Radhamés Gómez Pepín, el director, mi amigo, voceó que había que esperar, que todavía no se comprendía bien el hecho, y casi al terminar de hablar estaba entrando el otro avión en la otra torre, y ahí, el aguzado olfato periodístico de don Radha, con más de 50 años de ejercicio (en ese momento), le hizo asegurar “Averigüen por todos los cables, esas pendejadas no lucen accidentes”. Y así fue, minutos después se aseguraban eran atentados y se sabía de los otros dos aviones secuestrados que estaban en vuelo, uno hacia el pentágono y otro que cayó en Pensilvania al enfrentarse los pasajeros a los cinco secuestradores. Yo, como media humanidad, en ese momento, me había quedado paralizado, entonces reaccioné y llegué a dejar mi trabajo en diagramación. En la redacción todo estaba dirigido a reorganizar el periódico para meter esta tragedia que cambiaría el mundo.

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